De menos de 100 ejemplares al borde del abismo a más de 1.000 campando por la Península. Y ahora también por Aragón.
Hay historias de conservación que terminan mal. La mayoría, de hecho. El dodó no volvió. El tigre de Java tampoco. El bucardo, el último ejemplar de cabra montesa pirenaica, murió aplastado por un árbol en el año 2000 con la mala suerte añadida de que era el último de su especie y los árboles no distinguen entre animales comunes y joyas evolutivas irrepetibles.
Pero de vez en cuando la naturaleza y los humanos se ponen de acuerdo y ocurre algo extraordinario. El lince ibérico es una de esas raras historias donde el final, por ahora, es bueno. Tan bueno que cuesta creerlo cuando conoces el punto de partida.
A principios del siglo XXI el lince ibérico estaba técnicamente al borde de la extinción funcional. Quedaban menos de 100 ejemplares en toda la Península Ibérica distribuidos en dos poblaciones aisladas en Andalucía. Era el felino más amenazado del mundo. Más que el tigre de Amur. Más que el leopardo de las nieves. Más que cualquier otro gato sobre la faz de la Tierra.
El precipicio: cómo el lince ibérico llegó al borde del abismo
Para entender la recuperación del lince hay que entender primero cómo llegó a estar a punto de desaparecer. Y la respuesta no es una sola causa sino una acumulación de desastres perfectamente evitables.
El lince ibérico Lynx pardinus fue durante siglos el depredador más característico de la Península Ibérica. Sus poblaciones se extendían por casi toda España y Portugal en una variedad de ecosistemas que iban desde los montes mediterráneos hasta las dehesas y los matorrales costeros. No era un animal raro ni esquivo. Era parte del paisaje.
Y entonces llegó el siglo XX con todo su arsenal de destrucción ecológica.
El conejo. El lince es un especialista extremo en la caza del conejo europeo. El 80 o 90 por ciento de su dieta depende de este roedor. Cuando en los años 50 la mixomatosis arrasó las poblaciones de conejo de toda Europa el lince se quedó literalmente sin comida. Y cuando en los 90 la enfermedad hemorrágica viral del conejo volvió a diezmar las poblaciones el golpe fue definitivo.
La carretera. El atropello es el segundo gran asesino del lince. Un animal que necesita grandes territorios para sobrevivir en una Península cruzada por autopistas y carreteras nacionales tiene todas las papeletas para acabar convertido en una estadística de tráfico. Decenas de linces murieron atropellados cada año durante décadas.
La pérdida de hábitat. La transformación del campo español durante el siglo XX fue brutal. Los matorrales y los bosques mediterráneos que el lince necesita para cazar y reproducirse fueron cediendo espacio a monocultivos, urbanizaciones y plantaciones de eucalipto que son para el lince aproximadamente tan útiles como un aparcamiento de superficie.
La persecución directa. El lince fue cazado, envenenado y capturado durante décadas sin que nadie levantara demasiado la voz. Los ganaderos lo consideraban una amenaza. Los cazadores competían con él por el conejo. Y la legislación de protección llegó cuando la población ya había colapsado.
El resultado de todo esto fue que en 2002 los censos confirmaron lo que muchos temían: quedaban menos de 100 linces en dos pequeñas poblaciones en Doñana y Sierra Morena Oriental. El felino más especializado de Europa estaba a un paso de desaparecer para siempre.

«En 2002 quedaban menos de 100 linces ibéricos en toda la Península. Era el felino más amenazado del mundo. Más que el tigre. Más que el leopardo de las nieves. Más que cualquier otro gato sobre la faz de la Tierra. A veces los humanos somos muy eficientes en las cosas equivocadas.»
El rescate: cuando España decidió que el lince no iba a desaparecer
El año 2002 fue el año del susto definitivo. Y los sustos a veces funcionan mejor que cualquier campaña de concienciación.
El Programa de Actuaciones para la Conservación del Lince Ibérico se puso en marcha con una urgencia que en la administración española no es precisamente habitual. Se crearon dos centros de cría en cautividad: el Centro de Cría El Acebuche en el Parque Nacional de Doñana y el Centro de Cría La Olivilla en Santa Elena, Jaén. A estos se sumaron posteriormente centros en Portugal, Extremadura y otras comunidades autónomas.
La cría en cautividad es una herramienta de último recurso en conservación. Cara, compleja y llena de riesgos. Pero cuando las opciones se reducen a eso o la extinción la elección es fácil.
Los primeros años fueron complicados. El lince ibérico es un animal con un comportamiento reproductivo muy particular. Las hembras son tremendamente selectivas con sus parejas. Los cachorros tienen tasas de mortalidad elevadas en cautividad. Y reproducir en un recinto cerrado los patrones de caza y comportamiento que los animales necesitan para sobrevivir en libertad requiere una sofisticación técnica considerable.
Pero funcionó. Los primeros linces nacidos en cautividad se liberaron en 2010 en Guadalmellato, Córdoba. Después vinieron más sueltas en más territorios: Extremadura, Portugal, Castilla-La Mancha, Murcia, Cataluña, Comunidad Valenciana.
Paralelamente se trabajó en la recuperación del conejo en las zonas de liberación, en la señalización de carreteras, en la creación de pasos de fauna bajo las vías rápidas y en la concienciación de las comunidades locales. Porque un lince liberado en un territorio sin conejos y con una carretera nacional en medio es un lince condenado. El hábitat importa tanto como el animal.
Los números que nadie esperaba
La recuperación del lince ibérico ha superado todas las previsiones. Y eso no ocurre a menudo en conservación así que vale la pena subrayarlo.
En 2012 la población había llegado a 300 ejemplares. En 2015 ya eran 400. En 2020 superaron los 1.000 por primera vez en décadas. Y en 2025 el censo oficial confirmó más de 2663 linces distribuidos por España y Portugal en más de 20 poblaciones distintas.
La UICN cambió el estatus de la especie de En Peligro Crítico a En Peligro en 2015. Y en 2024 dio el paso siguiente rebajándolo a Vulnerable. En términos de conservación ese cambio de categoría es equivalente a pasar de cuidados intensivos a planta normal. No está curado pero ya no está a punto de morir.
¿Es suficiente? No todavía. El objetivo del programa es llegar a 3.000 ejemplares distribuidos en al menos tres poblaciones autosuficientes antes de poder hablar de recuperación completa. Pero la tendencia es inequívoca y eso en este trabajo no es poca cosa.
«La UICN cambió el estatus del lince ibérico de En Peligro Crítico a Vulnerable en 2024. En términos de conservación eso es como salir de la UCI y empezar a caminar por el pasillo. No estás curado. Pero ya no te mueres.»
Aragón entra en escena: Windtail, Wynx, Worbi, Waka, Werva y Wound
Y aquí es donde la historia se pone especialmente interesante para los aragoneses y para cualquiera que siga el proyecto con atención.
En marzo de 2026 el Gobierno de Aragón dio el primer paso de un programa de reintroducción en la cuenca del río Huerva en el entorno de Zaragoza. La zona seleccionada abarca 27.500 hectáreas de territorio con hábitat adecuado y poblaciones de conejo suficientes para sostener una pequeña población inicial de linces.
La elección del nombre no es casual. Todos los linces reintroducidos en Aragón llevan nombres que empiezan por W en referencia al río Huerva cuya pronunciación en aragonés antiguo era Wuerva. Un homenaje lingüístico que a alguien en el Gobierno de Aragón se le ocurrió y que hay que reconocer que tiene su gracia.
Las parejas liberadas hasta la fecha son:
Windtail y Wynx — la primera pareja, llegados el 17 de marzo de 2026 procedentes de los centros de Silves en Portugal y El Acebuche en Doñana respectivamente. Tras un mes de aclimatación en un cercado de 18.000 metros cuadrados fueron liberados en abril y desde entonces exploran la cuenca del Huerva.
Worbi y Waka — la segunda pareja, liberados en el cercado el 29 de abril. Worbi llegó de Zarza de Granadilla en Cáceres y Waka del centro de El Acebuche en Doñana.
Werva y Wound — la tercera pareja, llegados en junio de 2026. Werva es una hembra procedente del centro de La Olivilla en Jaén y su nombre es una referencia directa al río Huerva que vertebra la zona de reintroducción. Wound es un macho del Acebuche en Doñana. Permanecerán aproximadamente un mes en el cercado de aclimatación antes de su liberación definitiva.
El objetivo es completar la liberación de cuatro parejas autorizadas por el grupo de trabajo del lince ibérico. Si todo va bien Aragón tendrá su propia pequeña población de linces ibéricos por primera vez en décadas.
El cráneo de Muel: el lince en Aragón tiene 4.800 años de historia
Pero la historia del lince en Aragón no empieza en 2026. Ni mucho menos.
Coincidiendo con el programa de reintroducción se produjo un hallazgo científico de primera magnitud en el yacimiento arqueológico de Muel, en la provincia de Zaragoza. Los investigadores encontraron un cráneo de lince ibérico junto a restos funerarios datados entre el 2800 y el 2300 antes de Cristo. Junto al cráneo aparecieron otros objetos de notable interés: una punta de flecha y diversas piezas que confirman que el yacimiento tiene una importancia arqueológica considerable.
El hallazgo confirma que el lince ibérico habitó el territorio aragonés de forma natural durante milenios. No es una especie introducida artificialmente en un territorio que no le pertenece. Es un animal que vuelve a casa después de una ausencia forzada de décadas causada exclusivamente por la acción humana.
El Gobierno de Aragón colaborará con la Universidad de Zaragoza para la datación precisa del cráneo y la prospección de nuevos restos. Ese cráneo de casi 5.000 años es posiblemente el argumento científico más poderoso a favor de la reintroducción.

Los retos que quedan por delante
La recuperación del lince ibérico es un éxito extraordinario. Pero sería irresponsable contarla sin mencionar los retos que todavía quedan por resolver.
El conejo sigue siendo el talón de Aquiles. Las poblaciones de conejo en España están sometidas a presiones constantes: mixomatosis, enfermedad hemorrágica viral, caza intensiva. Sin conejos no hay linces. Es así de simple y de brutal. Cualquier episodio severo de enfermedad en las poblaciones de conejo de las zonas de reintroducción puede poner en riesgo años de trabajo.
La carretera sigue matando. A pesar de las mejoras en señalización y los pasos de fauna el atropello sigue siendo una de las principales causas de mortalidad del lince. Cada año mueren varios ejemplares atropellados en las carreteras de las zonas de distribución. Con una especie cuya población todavía no supera los 1.500 ejemplares cada individuo cuenta.
La conectividad entre poblaciones es fundamental. Para que una especie se recupere de verdad necesita que sus diferentes poblaciones puedan intercambiar individuos genéticamente. Un lince de Doñana debería poder llegar a reproducirse con uno de Aragón. Eso requiere corredores ecológicos funcionales a lo largo de cientos de kilómetros de territorio que en muchos casos están interrumpidos por infraestructuras, cultivos y urbanizaciones.
El cambio climático es la amenaza a largo plazo. El calentamiento global está modificando los ecosistemas mediterráneos que el lince necesita y está afectando a las poblaciones de conejo de formas aún no completamente comprendidas. Un éxito de conservación construido durante veinte años puede verse comprometido por una variable que ningún programa de cría en cautividad puede resolver por sí solo.
Por qué esta historia importa más allá del lince
La recuperación del lince ibérico importa obviamente para el lince. Pero importa también por lo que demuestra sobre la conservación en general.
Demuestra que la extinción no es inevitable. Que con recursos, voluntad política y trabajo técnico riguroso es posible revertir procesos que parecían irreversibles. Que los humanos que destruyen ecosistemas son los mismos humanos que pueden reconstruirlos si deciden hacerlo.
Demuestra que la cría en cautividad funciona cuando se hace bien y cuando va acompañada de una estrategia de reintroducción seria. No es suficiente por sí sola pero es una herramienta poderosa en el arsenal de la conservación.
Demuestra que la cooperación internacional importa. El programa del lince ibérico implica a España, Portugal, la Unión Europea y docenas de organizaciones científicas y conservacionistas. Sin esa red de colaboración el resultado habría sido diferente.
Y demuestra que las comunidades locales son parte de la solución. Los ganaderos y agricultores que conviven con el lince no son el enemigo. Son parte esencial del ecosistema social que rodea al ecosistema natural. Sin su colaboración ningún programa de reintroducción puede funcionar a largo plazo.
Werva y Wound están ahora mismo en un cercado de 18.000 metros cuadrados en Torrecilla de Valmadrid explorando su nuevo territorio aprendiendo a cazar conejos aragoneses y preparándose para una vida en libertad que sus abuelos nunca pudieron tener en esta tierra.
En unas semanas las puertas del cercado se abrirán y Aragón volverá a tener linces ibéricos campando por sus territorios por primera vez en décadas. No muchos. No todavía. Pero el primer paso es siempre el más importante.
Hace veinte años menos de 100 linces sobrevivían en toda la Península. Hoy son más de 1.300. Y hay un cráneo de casi 5.000 años en Muel que certifica que el lince es tan aragonés como el baturro.
Bienvenidos a casa Werva y Wound. Os lo teníamos guardado.

